La BBC ha vuelto a caer en lo mismo. Después de las excelentes, magníficas premisas de la adaptación en miniserie de Diez negritos, la célebre cadena inglesa nos había hecho creer que sí, que dar nueva savia a los textos de Christie y traducirlos en imágenes con un estilo nuevo, más lívido, lleno de grietas, y escarbando un poco más en la cabeza de sus personajes, era posible. Con la siguiente adaptación, Testigo de cargo, se había alcanzado un resultado bueno pero somnoliento, mientras que al tercer intento, con Le due verità, la guionista nos había molestado bastante, inventando de la nada el giro y el asesino. Pues bien, con La serie infernale hemos perdido realmente los estribos.

Una vez más, la operación resulta un espléndido ejercicio de estilo, con actores de excelente nivel, una buena y sólida dirección y una fotografía impecable. ¿Y el resto? El resto es un libro, uno de los más queridos por los fans de Christie, hecho trizas por la guionista Sarah Phelps, que en este desarrollo más que nunca elige ensuciar, infectar el texto de Christie. De forma más moderada, Phelps ya había elegido este camino con las otras miniseries, pero con La serie infernale está completamente fuera de control, buscando voluntariamente la podredumbre incluso cuando no la hay. Personajes depravados inventados de la nada, situaciones marcadamente oscuras. Todo parece tender a un único efecto final: conmocionar, perturbar. Uno se pregunta por qué perturbar de forma tan artificiosa cuando todo está ahí, negro sobre blanco, escrito entre las páginas de Agatha Christie. Habría bastado tomar lo que ya había y darle valor, no sustituirlo por miedo a que ya no fuera apetecible para las nuevas generaciones. A nuestro parecer este es el problema: la convicción de que Christie debe modernizarse a toda costa, para que pueda ser "digerida" hoy en día.

John Malkovich se esfuerza todo lo posible por distanciarse de todos los Poirot anteriores y lo consigue perfectamente, dando vida a un Poirot que no es Poirot. Es un recuerdo desvaído, lejanísimo del famoso detective belga, del que queda un cansado acento francés y, obviamente, sus brillantes intuiciones. La impresión es la de encontrarse de pronto en un episodio cualquiera de una serie de televisión cualquiera policíaca ambientada ocasionalmente en los años 30.

El espectador queda del todo privado del gusto por la investigación, de la búsqueda, de la trama pura, porque está continuamente distraído por "otra cosa", por la tozudez con que se busca confundir. La verdad es que La serie infernale es, en definitiva, una adaptación aburrida, y sumergirse en cualquier historia de Agatha Christie es todo menos aburrido.

Todo es repugnante, todo está podrido en este micromundo creado por Phelps, cada cosa tiene una capa de depravación de la que es imposible liberarse. Y si al principio uno se siente atraído (nadie pide que cada adaptación de una obra de Christie deba ser elegante e iluminada por esa ligereza estilística que la caracteriza) avanzando se da uno cuenta de que es solo una máscara, una bonita máscara oxidada que cubre un rostro sin rasgos.