Amelia Dyer nace en Bristol en 1838, en plena época victoriana. De familia acomodada, Amelia es la hija menor de cinco hermanos. El padre es maestro zapatero, mientras que la madre sufre algunos problemas psíquicos causados por el tifus, enfermedad que había contraído algunos años antes. Amelia cuida con cariño a su madre hasta su muerte, ocurrida por algunas complicaciones, y algunos años después de la muerte de su padre, se casa con un hombre mucho mayor que ella, George Thomas.

Durante los años de matrimonio, Amelia empieza a estudiar para convertirse en enfermera y da a luz a una niña llamada Ellen. Para ganar algo de dinero extra, Amelia se ofrece a mantener en secreto los nacimientos de hijos ilegítimos de mujeres necesitadas, a cambio de poco más de un puñado de libras. Una actividad bastante rentable aunque turbia, a la que Amelia no está dispuesta a renunciar, sobre todo tras la muerte de su marido George, en 1969. Seducida por el dinero y el fácil beneficio, Amelia decide abandonar su profesión de enfermera para dedicarse por completo al "cuidado" de los niños.

El procedimiento es siempre el mismo: Amelia Dyer acoge las peticiones desesperadas de jóvenes madres en dificultades y se compromete a ocuparse de los pequeños recién nacidos hasta su mayoría de edad, a cambio de una cierta suma y algo de ropa. Pero hay un pequeño detalle del que las madres no son informadas: después de embolsarse el dinero acordado, Amelia deja morir de inanición a los niños, abandonándolos en condiciones lamentables y sin comida. Una pesadilla inquietante disfrazada de acto caritativo.

En 1879, el primer arresto. Un médico que sigue su labor se da cuenta de que varios niños a cargo de Amelia han muerto y denuncia a la policía. Amelia es condenada de inmediato, no por homicidio múltiple, sino por "negligencia". Como si esta encantadora niñera simplemente se hubiera olvidado de alimentar a los niños a su cargo.

Tras algunos meses de trabajos forzados, Amelia entra en una espiral depresiva, tratada a base de alcohol y sustancias opiáceas, bálsamos poco eficaces contra una psique frágil, destructiva y gravemente enferma que la lleva a intentar el suicidio varias veces.

Transcurren así varios años en los que Amelia sigue el mismo patrón: intenta el suicidio, entra y sale de clínicas psiquiátricas y vuelve a matar bebés. Para eludir su rastro, cambia a menudo de ciudad, utiliza varios seudónimos, entre ellos el de "Señorita Thomas" y sigue actuando impunemente hasta que se traslada a Berkshire junto con su hija, Mary Ann, y su yerno, Arthur.

En 1896, Amelia cosecha otras tres víctimas: Doris Harmon, Harry Simmons y Helena Fry. Después de adoptar a los pequeños, Amelia los estrangula con una cinta de tela, llena unos sacos con sus cuerpos y ladrillos, y lo arroja todo al Támesis. "La niñera asesina" parece inmune a cualquier tipo de remordimiento, precipitada ya en un torbellino de obsesión morbosa y maniática.

Algún tiempo después, sale a la superficie uno de los tres cadáveres: el de Helena Fry. El cuerpo está sin vida y deteriorado por el agua, y está envuelto en papel de embalar. Mientras las fuerzas del orden examinan cuidadosamente el envoltorio, encuentran una pequeña inscripción que dice "Señorita Thomas". La policía vuelve a seguir el rastro de la niñera asesina y tras algunas investigaciones emerge por fin la escalofriante verdad: en casa de Amelia se encuentran docenas de cartas de madres que piden angustiadas noticias de sus hijos, telegramas que recogen los acuerdos hechos para las adopciones y por último muchísimos recibos de los anuncios publicitarios que había enviado a varios periódicos ingleses, con la esperanza de poder ser contactada para nuevas adopciones.

Rebuscando entre los efectos personales de Amelia, además de un fuerte y persistente olor a putrefacción, se encuentran también algunos trozos de cinta, iguales a la que la mujer usaba para estrangular a los niños.

Tras minuciosas búsquedas, en el fondo del Támesis se rescatan otros seis cadáveres, todos relacionados con los "cuidados negligentes" de Dyer. ¿Pero de verdad podemos contar tan pocas víctimas? Haciendo una estimación, parece que en veinte años, Amelia quitó la vida a cientos y cientos de niños, actuando prácticamente impune. Una auténtica carnicería.

Durante el juicio, su hija Mary Ann y su marido Arthur, son exculpados por considerarse ajenos a la terrible e inquietante serie de crímenes de los que se había manchado la mujer durante todos esos años. ¿Pero cómo podían no haberse dado cuenta de lo que estaba ocurriendo ante sus ojos? Amelia, sin embargo, asume por completo la culpa de sus delitos, jurando solemnemente que ni Mary ni Arthur tenían nada que ver con lo que había cometido. Era ella la única responsable.

Tras la condena a muerte, la ley inglesa endurece la normativa para las adopciones, haciendo el proceso de acogida mucho más complejo y controlado.

A las nueve de la mañana del 10 de junio de 1896, Amelia muere ahorcada. ¿Sus últimas palabras? "No tengo nada que decir".